Certezas

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Tengo que hacer un esfuerzo para permanecer en este momento.
Ahora mismo me lleva la inercia de desear que llegue el otoño, los zapatos cerrados, el ritmo marcado por la rutina. Es un síndrome típico de final de agosto, donde suelo sentir la impaciencia por empezar las clases, volver a ver a mis compañeros, que haga la temperatura perfecta (o por lo menos no sudar al mínimo movimiento).

Sé que estas sensaciones van a durar apenas unos instantes, que cuando me quiera dar cuenta se habrán acortado lo suficiente los días como para sentir la noche temprano y entonces batallaré con la vorágine de actividades y obligaciones que apenas dejan tiempo para alguna siesta furtiva. De nuevo, tendré la certeza de que sí, esos momentos también pasarán.

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