Viento, llévame a mi casa.

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Las fronteras del día quedan delimitadas por la luz y, aunque aún deben haber niños merendando, las farolas no pueden disimular que ya ha caído la noche y que lo mejor es ir a casa cuanto antes. Hace frío, tanto que poco siento ya las manos y se me ocurre pensar que ha sido mala idea lavar el abrigo y salir a la calle con la chupa de entretiempo. La casa de Nico y Annalisa queda en el barrio, estoy cerca pero sigo en mi cabeza cantándole al viento que me lleve a casa, sobretodo cuando me cruzo por la calle a gente que me inspira poca confianza. Entre ellas, este gato.

 

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