Marcando el contrapunto

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Tengo una habilidad (que me deja perpleja) para autosatisfacerme y autoconvencerme de que en realidad, oh, en realidad no tengo que trabajar tanto y que es más valioso salir a dar un paseo, corriendo para no perderme la luz naranja de las 5 de la tarde, o para definir que sí o sí, hoy es día de cenar con amigos, o que quizás hay un fragmento aleatorio de un libro cualquiera que espera ser leído en un preciso instante al azar. Y, aunque me hago caso y salgo de paseo, quedo a las 7 para ir a cenar e incluso me leo 3 páginas del libro de más allá, tengo que confesar que lo hago sintiéndome no del todo bien. Es decir, es placentero saltarme mis propias reglas, pero con todo y con eso me dejo aplastar por el peso de la responsabilidad y saboteo a medias el disfrute.

¿Qué pasaría si me concentrase, acabase lo que queda pendiente y después me enfrentase a la tarea de llenar el tiempo libre?

Con toda certeza, sin un ápice de dolor que marque el contrapunto, el placer sería del todo incompleto.

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